23 paseos, de Paul Morrison

PASEANDO EL PERRO JUNTOS.

“¡Envejece conmigo! Lo mejor está aún por llegar”.

Robert Browning

Erase una vez un tipo llamado Dave, de sesenta y tantos, ex enfermero psiquiátrico, que cada día, como un ritual, pasea a su perra pastor Tillie por un parque del norte de Londres. Entre idas y venidas, conoce a Fern, más o menos de su misma edad, divorciada, que pasea a su terrier yorkshire Henry. Aunque no empiezan con buen pie, irán coincidiendo, intercambiando opiniones, compartiendo paseos, y sobre todo, se irán enamorando. Pero, ni uno ni otro, no han sido todo lo sinceros que podrían ser, y sus secretos y verdades irán floreciendo y colocándolos uno frente a otro, y cuestionando sus vidas y la relación que mantienen. El director Paul Morrison (Londres, Reino Unido, 1944), ha construido una carrera en la que encontramos documentales y ficciones, la última es Sin límites  (2008), filmada en Barcelona, sobre la intensa relación entre Buñuel, Dalí y Lorca. Más de una década de silencio que lo rompe con 23 paseos, una de esas películas con el sello inconfundible “british”, películas cercanas de gentes corrientes, con historias cotidianas,  elegantemente rodadas, con ese peculiar sentido del humor inglés, y llenas de  inconfundibles y maravillosos intérpretes.

Morrison nos habla de esas personas de mediana edad, que conoce muy bien, ya que él tiene esa edad, personas al borde de la jubilación, o recientemente jubiladas, de soledades compartidas, de paseos de perros, y de muchos secretos, de esos secretos que si se cuentan hacen daño o alejan a las personas, aunque los dos protagonistas deberán afrontar esas partes de sus vidas menos amables y más incómodas para mirar al otro, compartiendo todo lo que haya, sin nada que les obstaculice el camino, cara a cara, apechugando con lo bueno y lo malo. A modo de diario, asistimos a sus 23 paseos, a sus intimidades, a su compañía, a su entorno familiar y doméstico, a sus conflictos con los suyos y con su interior, a cada uno de los detalles que muestran y ocultan según la necesidad o el miedo al rechazo. Morrison nos habla de forma sencilla y transparente sobre la vejez, con sus relaciones y sus formas de amar y compartir, hecho que aún hace más brillante y audaz la película, ya que coloca en el centro de la acción a dos personas mayores, sí, pero borrando cualquier atisbo de estereotipo que tanto nos tiene acostumbrado el cine, como la enfermedad o la carga familiar.

En 23 paseos, nos sitúan frente a una comedia romántica con sus dosis de amargura y tristeza, donde encontramos soledad, pero también, alegría, bailes, amor y sexo, elementos que apenas vemos en el cine cuando se trata de personas mayores, si exceptuamos algún caso aislado como la película En el séptimo cielo (2008), de Andreas Dresen, que retrataba la historia romántica y sexual de dos septuagenarios. El director británico consigue un tono y un marco cotidiano y muy cercano, valiéndose de una historia escrita por él mismo, la mar de sencilla, contada de forma lineal, sin ningún efecto narrativo ni nada que se le parezca, solo sus dos maravillosos y magníficos intérpretes. Por un lado, tenemos a Dave Johns, en la piel de Dave, un conocido comediante que lo vimos interpretando de forma excelente al protagonista de Yo, Daniel Blake, de Ken Loach, y frente a él, Alison Steadman, que ha trabajado varias veces con el prestigioso director Mike Leigh, dando vida a Fern, una mujer divorciada, cansada de los hombres, independiente, con su media jornada como oficinista, libre y a su aire, con un ex demasiado pesado, con ese tira y afloja.

Dave y Fern, o Fern y Dave, son dos personas que se gustan, se quieren, se pelean y se reconcilian o no. Dos almas solitarias, dueños de perros, con sus verdades y mentiras, con sus secretos, sus cercanías, sus alegrías y tristezas, con sus miradas cómplices y distantes, que acompañamos en sus 23 paseos, paseos de todo tipo, algunos maravillosos, otros encantadores, otros divertidos, pero también, los hay tristes, complicados y oscuros, unos paseos que irán revelando la verdadera naturaleza de cada uno de ellos, mostrando lo que son, desnudándose emocionalmente frente al otro, eso que cuesta tanto, pero esencial para mantener una relación profunda y sincera, y sobre todo, para llegar a respetarse y a amarse, sin ninguna barrera u obstáculo que lo impida, que no es otra cosa que deseamos todos los seres de este planeta, quizás unos mejor que otros, y con otras habilidades y paciencias, pero al fin y al cabo, el amor que tenemos y compartimos es lo que da sentido a nuestras existencias. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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