Terra de telers (Memoria de telares), de Joan Frank Charansonnet

LA NIÑA QUE CRECIÓ ENTRE TELARES.

“Recuerdo como se me encogió el corazón el primer día que llegamos a la Colonia, me faltaba el aire, como si los pulmones si hubieran inundado de la lluvia que nos había turbado por el camino que nos hacía dejar nuestra masía. Olía a humedad y a medida que nos acercábamos a la fábrica, el ruido, no me dejaba escuchar la frase que padre nos había repetido tantas veces en los últimos tiempos: “Todo esto lo hago por vosotros”.

La forma elegida para comenzar un relato o una película, condiciona su desarrollo, y sobre todo, su tono, como ocurre en Terra de telers, el cuarto largometraje que dirige en solitario Joan Frank Charansonnet (Granollers, 1971), de los seis que ha firmado. Unos títulos de crédito que van apareciendo mientras escuchamos el incesante ruido de los telares en funcionamiento, mientras una música acogedora, se envuelve con unas manos femeninas manipulando los tejidos. Las manos irán creciendo, consumando el paso del tiempo, hasta llegar a ese revelador encuadre en el que vemos las manos de cuatro mujeres, en sus diferentes edades, posadas en la tela ya realizada. El ruido de los telares y la sensibilidad y aplomo femenino son los ejes del relato de la película, moviéndose entre esos dos elementos, el trabajo y lo doméstico, el ruido y el silencio, el dolor y la alegría, la vida y la muerte.

Arranca la película con un movimiento de cámara sutil que encuadra a Blanca, una señora mayor que mira por una ventana, y escuchamos su voz que nos contará la historia a modo de flashback, remontándonos a diciembre de 1923, cuando la familia  Sorrives, llega con lo poco que tiene, un carro tirado por un caballo y poco más, a una colonia textil, una de esas en el cauce del Llobregat, situada en la Cataluña central. Conoceremos al vehículo de la narración, la pequeña Julia, que será rebautizada como Julieta, con seis años. La película seguirá a Julieta y su familia durante casi sesenta años, hasta los años 80, cuando la reconversión industrial en el textil, eliminó por completo las colonias y esa forma de vida. Charansonnet ha tenido una carrera como actor muy peculiar, ya que ha trabajado con directores de la talla de Carlos Saura y Daniel Calparsoro, ha triunfado en Rusia en una serie, o ha trabajado en innumerables series, y una filmografía como director que abarca títulos dispares que se han movido entre el drama y el thriller, como Anima, una vida traïda per la tragèdia (2014), o Doctrina, el pecat original i la reinserció (2016), entre otras.

El director de Granollers realizó Pàtria (2017), un cuento de corte medieval basada en la figura del noble Otger Cataló y los orígenes de Cataluña, en el que ya se movía por el trasfondo histórico, en el que vuelve con Terra de telers, pero posada en un viaje sentimental a través de la figura de las mujeres, que en la sombra de los hombres, también trabajaron y fueron los pilares de las familias en los momentos crudos. A pesar de su modestia, la película abarca casi seis décadas en la familia Sorrives, recorriendo el siglo XX y sus profundos cambios sociales, económicos y culturales, mezclando momentos bellos y nostálgicos como esa sesión de cine, donde los sueños son posibles en un ambiente tan duro como el trabajo para una niña, o la llegada de la luz eléctrica, los cambios tecnológicos que la película acoge de manera brillante a través de los objetos, con ese carro del inicio, pasando por el autobús de línea, o finalmente, el Seiscientos, todo un símbolo de la modernidad de un país que viene del oscurantismo y la miseria.

Todo se cuenta a través de la figura de Julieta, la niña que crece en los telares, la familia como símbolo de unión ante los avatares de la vida, como la Guerra Civil Española, que rompe esa unión, los momentos más oscuros y terribles de esta familia, con secuencias llenas de sensibilidad y tragedia como al despedida de los jóvenes que se van al frente a defender al República, o con la guerra perdida, la llegada de esos falangistas, con esa noche oscura que revela los años de negrura que se van a ir imponiendo en el país, como ese otro plano compartido por el tricornio de la Guardia Civil y el sombrero del cura, mientras los trabajadores bailan sardanas, y las terribles consecuencias que tiene hablar en catalán. Toda una vida, como mencionaría la canción, es la que cuenta Terra de telers, con Julieta como eje de una niña que pasa a joven, luego a mujer adulta, y finalmente, cuando es mayor, con su inseparable hermana Blanca, a su lado, siguiendo una travesía sentimental y nostálgica homenajeando a todas las personas que vivieron y trabajaron en las colonias textiles, reivindicando su memoria histórica en nuestro presente, tan importante en estos tiempos de desmemoria y olvido de algunos.

Charansonnet se centra en las personas, sus alegrías y tristezas, sus logros y perdidas, con la historia siempre presente, pero en un segundo plano, la película no pretende ser un documento sobre el trabajo en los telares, sino una mirada profunda y sensible sobre todas las personas y sus familias que trabajaron en los telares, donde vemos de todo, amos comprensible, encargados siniestros, la religión como símbolo de fraternidad, pero también, como ejemplo de la moral fascista. La película combina momentos sobrecogedores y brillantes con otros menos conseguidos, pero en su conjunto funciona como mirada hacia un tiempo donde la familia y la fraternidad eran un pilar en la vida de las personas. La cinematografía de Marc Carreté y Joan Babiloni, con ese tono sombrío y soleado que sigue a los personajes, con esas excelentes transiciones en forma de elipsis para cambiar de tiempo a los personajes, el riguroso montaje que firma Marc Carreté, vital para un relato que abarca seis décadas, y la excelente partitura del músico Marcus JGR, habitual en el cine de Agustí Villaronga.

Terra de telers es también una película que recupera una mirada a la historia catalana convulsa del siglo XX, como antes lo hicieron películas como La ciutat cremada o Victoria! La gran aventura d’un poble, ambas de Antoni Ribas, Las largas vacaciones del 36, de Camino, o La plaza del diamante, de Betriu, con la Guerra Civil como referente en la destrucción de la memoria personal del país, que en el nuevo siglo siguió en el medio televisivo con obras como Temps de silenci, Mirall trencat o Les veus del Pamano y Olor de colònia, que también seguía a los trabajadores de las colonias textiles desde mediados de los cincuenta. Un gran acierto de la película es que el personaje de Julieta sea interpretado por cuatro actrices, desde la infancia hasta la madurez, con Gala Charansonnet, Laia Díaz, Alba López (que además firma el guión y el arte junto al director), y Montse Ribadellas, que le dan ese tono cálido y verosímil que tanto ayuda a la película, y una cuarenta de intérpretes como Ramón Godino, haciendo de padre, que escenifica ese sentimiento de derrota de tantos hombres, Elena Codó como la inseparable Blanca, Jaume Montané como Aymerich, ese amo que conoce y ayuda a sus empleados, Miquel Sitjar y Joan Massotkleiner, dos habituales-hermanos en el cine de Charansonnet, y el propio director que se reserva a uno de los falangistas, entre muchos otros, desconocidos pero sinceros en sus actuaciones. Terra de telers tiene ese aroma que desprendían las novelas de Rodoreda, con esas heroínas a la sombra de los hombres, pero luchadores, resistentes y sobre todo, valientes en un mundo oscuro por la larga noche del franquismo. Un conmovedor y fiel retrato humanista que nos lleva a mirar el pasado con sus tristezas y alegrías. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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