Canción sin nombre, de Melina León

LA HIJA ROBADA.

“Si no peleas para acabar con la corrupción y la podredumbre, acabarás formando parte de ella”.

Joan Baez

Erase una vez una chica andina peruana de veinte años que se llamaba Gerogina Condori. La venta ambulante de patatas, el folklore de su tierra quechua, y el amor de Leo, con el que esperan una niña. Un día, Georgina va a Lima a parir en una clínica clandestina. Al nacer, le impiden ver a su hija y la echan de malas maneras. Cuando vuelve con Leo, no queda rastro de la clínica. Georgina, triste y desesperada, acude a Pedro Campos, un joven periodista que le ayuda a investigar el caso. Estamos en el Perú de finales de los ochenta, más concretamente en el año 1988, el país es un polvorín, azotado por la terrible inflación, la corrupción y el auge del terrorismo de Sendero Luminoso. Ante ese panorama desolador y miserable, la empresa de Georgina y Pedro sería muy ardua y difícil. La cineasta peruana Melina León, que ya había deslumbrado con su cortometraje El paraíso de Lili (2009), en la que relataba a una niña rebelde que descubría que la actitud personal es política, también, ambientado en el Perú de finales de los ochenta, y estrenado en el prestigioso festival de New York, tiene más de veinte premios internacionales.

Ahora, nos llega su opera prima, con el revelador título de Canción sin nombre, las canciones andinas que escuchamos en la película, las mismas canciones que nunca podrá escuchar su hija. León nos cuenta su relato a través de una película muy estilizada, donde el formato de pantalla es el 4/3, cuadrado, y la utilización del blanco y negro como forma de expresión, bañado de esa neblina oscura y pesada que acoge todo el relato, una magnífica luz obra de Inti Briones, que ya estuvo en su cortometraje, y es responsable de Tarde para morir joven, de la chilena Dominga Sotomayor, entre otras. Una cinematografía asombrosa y paciente, con esos planos fijos, inamovibles, acompañados de pocos movimientos de cámara, elegantes y sutiles, o la excelente partitura musical que firma Pauchi Sasaki, y el estupendo montaje que firman la propia directora, acompañados de Manuel Bauer y Antolín Prieto. Un guión que firman León y Michael White, donde nos guían Georgina y Pedro, por ese laberinto kafkiano y mísero en el que se ha convertido la inexistente justicia peruana y sus gobernantes, más interesados en masacrar económicamente las arcas del estado, que en los problemas sociales y económicos de los ciudadanos.

La película está llena de contrastes, ya desde el idioma, donde conviven con naturalidad el quechua y el castellano, lo rural, donde viven los andinos, con sus costumbres y su existencia precaria y tranquila, en contraposición con Lima, la urbe, que veremos a trozos, por partes, donde se cuece todo el berenjenal de corrupción que tiene asumido en el caos al país, donde todavía se arrastran ideas conservadoras, como las que sufrirá el propia periodista cuando avanza en sus investigaciones, con su relación homosexual con el actor cubano (un personaje que se parece mucho al que hacía Jorge Perugorría en la inolvidable Fresa y chocolate), que está ensayando El zoo de cristal, de Tennesse Williams, una obra que define la trama de la película, y el Perú que retrata, porque nos muestra el conflicto existente en una familia del sur de los EE.UU. de la gran depresión, entre los deseos personales y la realidad social.

El gran trabajo de sobriedad y contenido que hacen los intérpretes de la película, empezando por Pamela Mendoza, que hace de Georgina Condori, la mujer pobre y sin recursos, que hará lo imposible por recuperar a su hija, junto al buen hacer de Tommy Párraga, que también estuvo en el cortometraje de León, da vida a ese periodista que todavía cree en su trabajo y ayuda al necesitado, a aquel que necesita que su caso tenga luz, tenga visibilidad, con un estado que no permite enterrar a los muertos, que beneficia al poderoso en detrimento del débil, que hace y deshace para proteger los intereses económicos, que sirve al delincuente y pisotea al pobre. La cineasta peruana ha construido una película sobria y contundente, reposada y verdadera, donde nos muestra a dos personas humildes e íntegros, sumergidos en la maraña política y corrupta de un Perú lleno de sombras y espectros, de gentuza sin escrúpulos que utilizan al pobre para abastecerse, ya sea robándoles sus hijos o metiéndolos en actividades delictivas, como el instante que el periodista habla con el senador, y éste justifica la corrupción del país, y le insta a olvidarse del asunto.

León emerge como una cineasta honesta y rompedora, capaz de retratar la verdad de aquel Perú ochentero, con la contundencia del veterano, mostrando sin dar demasiadas explicaciones, dotando a su película de momentos llenos de fuerza y sensibilidad, instantes que se instalan en el alma, huyendo de sentimentalismos y recovecos argumentales, todo se muestra con claridad y aplomo, y elevando su nombre a los grandes debuts del cine, visibilizando una cinematografía como la peruana, haciéndola internacional y visible, y el enorme premio que es que una cinematografía como la peruana, casi inexistente en la cartelera de nuestro país, tenga ese rinconcito para los espectadores más inquietos y curiosos. La directora peruana no ha hecho una película alegre y esperanzadora, su mirada es triste y desoladora, aunque también, es consciente de la realidad que retrata, de la miseria moral que quiere transmitir con su relato descarnado y deshumanizado, donde lo íntimo y personal entronca con la realidad triste y amarga del país. Quizás no podremos hacer que el mundo sea más justo, solidario y humano, pero sí que podremos seguir en la lucha, en la pelea, en levantarnos cada vez que nos caemos, en seguir firmes en nuestra idea comunitaria y humanista, aunque, encontremos más derrotas que victorias, siguiendo y creyendo en la mejor lucha que hay, que es aquella que se hace sin esperanza. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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