Solo, de Hugo Stuven

FRENTE A UNO MISMO.

“Lo que me salvó, lo que vine a descubrir, fue la aceptación”

El relato, basado en hechos reales, nos sitúa en Fuerteventura, en septiembre del año 2014,  en un paisaje natural y bellísimo, alejado del mundanal ruido. Una mañana, Álvaro, un surfista libre y sin ataduras, o así lo cree él, va detrás de su ola perfecta. Aunque, las cosas se tuercen y de qué manera, porque Álvaro tiene un accidente que lo lleva a precipitarse por un acantilado en una de las zonas más inaccesibles de la isla. Entonces, empiezan las 48 horas más angustiosas en la vida de Álvaro, cuando solo, y muy mal herido, con la cadera rota en tres partes y una gran herida abierta en la mano, tendrá que luchar contra sí mismo y una naturaleza hostil para seguir con su vida. La segunda película de Hugo Stuven (Madrid, 1978) se aleja en apariencia de su opera prima, Anomalous (2016) una suerte de thriller que mezclaba géneros que se adentraba en la mente de un esquizofrénico protagonizada por Lluís Homar. Ahora, el director madrileño vuelve a indagar en la soledad y sus consecuencias, aunque cambiando el escenario, el género y las circunstancias personales, porque la enfermedad ha dejado paso al accidente y a sus terribles secuelas.

Si bien la película se centra en el joven herido, tiene un primer tercio donde conocemos la identidad de Álvaro, su mundo, su naturaleza, inquietudes y amigos, en el que descubrimos a un tipo solitario, con su familia lejos, una relación sentimental frustrada, que le cuesta aceptar, y el sueño utópico de viajar por el mundo surfeando olas con su mejor amigo, Nelo, una especie de hermano mayor que parece tener otros planes más realistas. Álvaro es uno de esos tipos que quiere ser libre y además, mantener una relación, postura que le ha llevado a muchos conflictos en su vida, consigo mimso y con su entorno. Stuven se adentra en la mente del surfista, y para eso nos describe a un tipo que se pelea consigo mismo, en una batalla interna en el que lo quiero todo, porque en realidad, lo único que sabe es que no quiere estar solo. Alguien, muy sólo, que el accidente y sus horas de soledad e inquietud por su vida, le hará replantearse cosas sobre su existencia, y su camino vital, y aquellos que le importan. El director madrileño huye de toda épica y sentimentalismo (si exceptuamos algún subrayado demás) para contarnos un relato que navega entre momentos realistas y muy viscerales, con otras completamente oníricos, en el que hacemos este viaje introspectivo a la mente de alguien en una situación grave de peligro.

La cinta tampoco se deja llevar por el escenario paradisíaco de Fuerteventura, sino que nos cuenta su conflcito a través de los ojos de Álvaro, en una estructura casi en tiempo real, donde las horas y las dificultades van avanzando, y el rescate no llega, en una situación que lleva a su protagonista, a alguien siempre a merced de los demás, por ese miedo ancestral a sentirse solo, a sentirse desplazado por los demás, pero, que las circunstancias del accidente y su cuerpo malherido, con sus terribles alucinaciones, lo pondrán frente a sí mismo, sin más ayuda que su fortaleza, poniendo a prueba sus límites físicos y mentales, ante la adversidad de no tener ayuda de ningún tipo, de tener que salir a flote por sí mismo. Stuven coloca su cámara para que seamos testigos de la odisea personal de Álvaro, en el que vivirá de todo: dejar de luchar, sus enfrentamientos con las cigüeñas invasoras, la curación casera de sus heridas, o su lucha contra el frío nocturno o contra la marea que lo arrastra, su peculiar manera de moverse, en la que va arrastrándose por la playa, o su capacidad olvidada para enfrentarse al mayor de los peligros, a uno mismo, en la que sus emociones juegan un papel fundamente, ya que ellas le ayudarán a seguir luchando por su vida o dejarse llevar y acabar con ella.

Stuven cuenta con Alain Hernández para dar vida a su surfista accidentado, un actor de raza, de imponente físico, que aquí realiza una interpretación de gran altura, tanto física como mental, en uno de sus mejores trabajos, en este descenso a los infiernos a nivel físico y emocional, en esta especie de monólogo interior en el que la vida pende d eun hilo, de un suspiro, donde cada fracción de segundo te deja sin aire y te mueres, donde cada reacción es crucial, donde la vida, o lo que te queda de ella, pasa a ser, no la parte más importante de ti, sino la única, tu única piel. Bien acompañado por Aura Garrido, como ese amor-espejismo que parece real o no, como una de esas sirenas que parece al lado, e inmediatamente después, ha desaparecido. También, encontramos la enriquecedora presencia de Ben Temple, un neoyorquino instalado en Madrid hace casi dos décadas, como ese hermano-amigo de experiencia que se convierte en un reflejo transformador para Álvaro. Stuven ha logrado una película honesta y sencilla, con claras reminiscencias al Robinson Crusoe, de Dafoe, a ese náufrago que en soledad encontrará el verdadero sentido de su existencia, o la más reciente de 127 horas, de Danny Boyle, en la que daba buena cuenta de la odisea de un montañero atrapado en una roca, donde la aventura se torna cotidiana y minimalista, en que la premisa del hombre enfrentado a los elementos, es un extraordinario medio para hablarnos de las inquietudes humanas, de aquello que callamos pero que nos bulle como agua hirviendo en nuestro interior, aquello que cuando estamos solos, alejados de todos y todo, nos tropezamos con nuestra verdadera esencia, nada más que eso, lo que somos realmente.

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