Sin lugar a dudas, uno de los grandes males que acecha a la sociedad contemporánea, es la difícil tarea de conciliar vida profesional con vida familiar. Erik Poppe, cineasta noruego -autor de la reconocida trilogía sobre Oslo, que le reportó fama internacional-, se ha basado en sus experiencias personales como reportero de guerra, para hablarnos de un modo directo y sin concesiones del conflicto que se genera entre alguien que ama su trabajo, que le obliga a poner su vida en peligro, y como todo esto afecta en su familia, que como es lógico, sufren por ella y por sus reiteradas ausencias. Poppe coloca el dedo en la llaga, nos habla de Rebecca, una reputada fotógrafa de prensa que está llevando a cabo un reportaje sobre las mujeres suicidas de Kabul (Afganistán), pero todo se tuerce, cuando la mujer se inmola, Rebecca resulta herida de gravedad. Se traslada a Irlanda, donde con la ayuda de su marido, Marcus, un biólogo marino y sus dos hijas, Steph y Lisa, sanará las heridas físicas y emocionales. Aunque esta vez, no resultará una estancia más, sino que tanto Marcus, como su hija mayor, Steph, de 13 años, le reprocharán su modo de vida, así como sus repetidas y largas ausencias. Rebecca, se verá obligada a replantearse su vida, tanto a nivel personal como profesional. Es en ese instante, donde la película genera sus instantes más potentes, las difíciles relaciones que Rebecca mantiene con su marido y su prole, La observan como una desconocida, o como un fantasma, a alguien que está, pero va a desaparecer en cualquier instante. A un ser condenado a su cámara/objetivo, que se proyecta como una extensión de su propio cuerpo, a la que le resulta imposible desprenderse de el. Algo parecido le ocurría a uno de los personajes militares de En tierra hostil (2008), de Kathryn Bigelow. La acción de Poppe huye de todo artifício cómplice, como también de ese aire romántico que acompaña algunas películas de reporteros, plantea su conflicto de una manera madura y eficaz, las dudas y las contradicciones de los personajes. Es de agradecer que Poppe emplee un tratamiento formal sincero y directo, ayuda y de qué manera, que los espectadores seamos partícipes del entramado emocional que rodea todo el relato. En ese sentido, la película no estaría muy alejada del mismo tono realista de El jardinero fiel (2005), de Fernando Meirelles, o Syriana (2005), de Stephen Gaghan, Los gritos del silencio (1984), de Roland Joffé, El año que vivimos peligrosamente (1983), de Peter Weir… Un enfoque naturalista que nos acerca a un personaje en lucha interior constante entre lo que ama y a los que ama. Los planos generales de Kabul, acompañados de una luz abrasadora, que remarcan la inseguridad en la que vive el personaje mientras trabaja, que chocan frontalmente con los medios y primeros planos de Irlanda, junto con esa luz mortecina tan singular de aquellas tierras. Un guión de hierro que desarrolla una historia circular, si bien la película se cierra en el mismo lugar en que se abre, en ese Kabul incendiario en continúa situación bélica, que contrasta como espejo deformante con Irlanda, que constituye la tranquilidad y la convencionalidad familiar. Una bellísima y realista historia de amor que toma su título de la inmortal obra de Romeo y Julieta, quizás la mayor de todas las obras sobre el amor. La presencia y composición de Binoche ayuda muchísimo a conocer a un personaje que en algunos momentos destapa nuestra ira, y en otros, la vemos como una animal herido incapaz de decidirse y saber que camino elegir para su vida.
Archivo de la etiqueta: amor
Entrevista a Jonás Trueba
Entrevista a Jonás Trueba llevada a cabo el 20 de Febrero de 2014, en la terraza del Bar Candela, junto a la sede de la Filmoteca de Catalunya con motivo del encuentro organizado por el ESCAC. Madrileño de nacimiento (1981), Jonás es el pequeño de una numerosa família de cineastas. Un autor que con sólo dos películas Todas las canciones hablan de mí (2010) crónica sobre lo díficil que resulta olvidar a quién amas, y su recuerdo no cesa de invadir tu codianidad, y Los ilusos (2013) una película que habla sobre el deseo de hacer cine, de los paseos después de ver una película, de las charlas con amigos, de dos miradas que se cruzan en una cafetería, del amor, y sobretodo, de la vida… Dos películas que nos hablan del cine a través del cine, de los deseos de cada uno y las ilusiones y esperanzas que nos empujan a seguir hacía adelante, aunque a veces cueste tanto… Jonás se ha destapado como uno de los autores jóvenes con una mirada más lúcida y crítica sobre este tiempo tan convulso y al mismo tiempo, tan ilusionante…
Quiero expresar mi agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonás Trueba, por su tiempo y sabiduría, a Pilar de la Filmoteca y María del ESCAC, por su disponibilidad y paciencia, y a David del Fresno, encargado de la imagen, el sonido y el montaje, por su generosidad y complicidad.
Alabama Monroe, de Felix Van Groeningen
Mecanismos del dolor
«Todos los momentos de placer se hallan contrapesados por un grado igual de dolor o de tristeza»
Jonathan Swift
Tarde de cine en los Mèlies. La elegida es Alabama Monroe (The broken circle breakdown, 2012), de Felix Van Groeningen. Recordando la máxima taurina de más cornás da la vida, Groeningen nos cuenta la historia de Didier que toca el banjo en una banda de country, y de Élise trabaja como tatuadora, amén de tener su cuerpo tatuado. Se conocen y se enamoran a primera vista. Nace su hija, Maybelle, que enferma a los seis años de cáncer. Crónica amarga sobre el amor, la pérdida y el dolor a través de la música. Lúcido, contenido y sobrio ejercicio de cómo soportar los embates de la vida refugiándose en lo que podemos, quizás la música nos pueda ayudar a pasarlos. El realizar neerlandés resquebraja su relato, ofreciendo un discurso discontinuo, empleando numerosos flashbacks, para contarnos 7 años de la vida de estos dos seres, que tienen que empezar de nuevo, después del duro golpe de perder a su hija. Una película que huye del típico drama de tres al cuarto en el que el dolor se convierte en el foco de atención, y no cesan de buscar la lágrima fácil. Se relatan hechos duros y tristes, pero de una manera respetuosa y con la debida distancia para huir de posicionamientos pornográficos emocionales de ciertas películas. Quizás se le puede achacar a la película un cierto manierismo, cuando plantea el discurso político estadounidense en lo referente al estudio de la genética para tratar enfermedades. En esos momentos, la película cae en lo planfetario y simplista en la manera que plantea estas situaciones. También, hay que añadir que esos instantes dónde la cinta se empeña en sacarnos o adormecernos, no desmerecen el resultado final. Resulta aleccionador y estimulante la manera que estos dos individuos afrontan la pérdida, mientras él trata de buscar culpables y se refugia en la música para continuar hacía delante soportando el dolor, ella, en cambio, toma otro camino, encuentra refugio en otro tipo de culpa, abrazando la religión católica. Dos maneras de soportar un mismo dolor. Tiene la película, de nacionalidad belga, pero hablada en holandés, ciertos rasgos argumentales que la aproximan a Declaración de guerra (La guerre est déclarée, 2011), de Valérie Donzelli, dónde también se narraba la historia de una pareja que se enamoran y tienen un niño con cáncer. La película se centraba en la vida cotidiana de cómo afrontaban el golpe y cómo eso ocasionaba grandes fisuras en su relación. Alabama Monroe es una película vitalista, en ciertos momentos, pero en otros, en cambio, se sumerge en la desesperación. Su discurso puede resultar pesimista, pero es entonces cuando la música entra en escena, actuando cómo refugio, demostrando su razón de existir, una manera de exorcizar los miedos, el dolor, la culpa para seguir adelante, porque no queda otra.
El nacimiento del amor, de Philippe Garrel
«Tú no te irás, mi amor, y si te fueras, aún yéndote, mi amor, jamás te irías».
Rafael Alberti
Tarde de cine en la Filmoteca. La elegida ha sido El nacimiento del amor (La Naissance de l’amour, 1993), de Philippe Garrel. El relato arranca con dos amigos de mediana edad que se reúnen en una cafetería, Paul (Lou Castel), actor, se siente en vía muerta en su matrimonio y su labor paterna, tiene un hijo y otro de camino, que nacerá durante el relato, tiene una amante que no le corresponde porque se siente traumatizado por una anterior relación; el otro, Marcus (Jean Pierre Léaud), escritor, todavía ama a la mujer que lo ha abandonado por otro. Estas dos almas frustadas por el amor se sienten perdidas, sin rumbo, atados emocionalmente a unas mujeres que no los aman o no saben hacerlo. Philippe Garrel, nacido en París en 1948, adolescente durante la eclosión de la Nouvelle Vague, trabaja de meritorio con sólo 16 años en Le vieil homme et l’enfant, de Calude Berri, con los fragmentos de película desechados hace su primer trabajo, un cortometraje de título Les enfants désaccordés (1964). Desde aquel primer trabajo, las dos pasiones de Garrel, la vida y el cine, se unirán para siempre. El cine de Garrel no es fácil de ver, requiere de mucha atención. Un cine que no deja indiferente, basado principalmente en el diálogo, en el gesto y la palabra, lo que escuchamos nos hace reflexionar y nos atrapa como si fuese una tela de araña. Un cine rodado, principalmente, en blanco y negro, que lo aproxima a Béla Tarr, el cineasta húngaro que ha filmado siempre en blanco y negro. Resulta paradójico pues que su penúltima película, Un verano ardiente (Un été brûlant, 2011), rodada en color, haya sido la primera de Garrel estrenada comercialmente en nuestro país, dónde se reflexiona sobre la vida, el amor y el cine. El crítico francés, Philippe Azoury, habitual en Cahiers du Cinema, lo definía de la siguiente manera: «Garrel se ha convertido en el más grande cineasta de la pareja, en el más secreto de los grandes cineastas». Quizás, junto a Jacques Rivette son los cineastas que más continúan el espíritu de la Nouvelle Vague, aunque esto es una reflexión que podría ser muy debatida. Sus personajes hablan del amor, siempre de los amores pasados, ya vividos, quizás el amor es nostálgico, el amor vivido; el tiempo presente del amor es frustrante, no les llena, es un amor ausente, ininterrumpido, no vivido, quizás lo único que queda es hablar de ello, aunque me temo que no llegaremos a conclusiones que nos hagan cambiar de actitud cuando volvamos a enamorarnos. Garrel confía a dos grandes actores estos personajes anclados en una manera de amar. Por un lado, tenemos a Jean Pierre Léaud, el actor de Truffaut, que también ha trabajado con Pasolini, Bertolucci, Godard, Kaurismäki, y Assayas, e interpreta a un escritor enamorado de su mujer quién ya no le ama, y quiere saber los motivos. Quizás dejar de amar es como amar por lo que no se pueden explicar los motivos; por el otro lado, tenemos a Lou Castel, que ha actuado en películas de Fassbinder, Bellocchio, Wenders, Chabrol, y ya había trabajado con Garrel en Elle a passé tant d’heures sous les sunlights, de 1985, e interpreta el rol de un actor que no quiere estar ni con su mujer ni con su familia y encuentra en su joven amante una vía de escape, pero ésta se lo niega, ya que por miedo a volverse a enamorar, ya que sufrió la anterior vez, lo rechaza. Dos almas que se necesitan, quizás para comprenderse. Son dos cowboys modernos, que podríamos hallar como protagonistas de algún western crepuscular, errantes, con el corazón pataleado, recordando cuando una vez amaron y les amaron.

