Rueda de prensa de «Els veïns de dalt»

Rueda de prensa con el equipo de la obra de teatro «Els veïns de dalt», escrita y dirigida por Cesc Gay. El encuentro tuvo lugar el miércoles 18 de Marzo en el Teatre Romea de Barcelona.

Quiero expresar mi agradecimiento a las personas que ha hecho posible este encuentro: Sandra Costa de La Costa Comunicació, por su tiempo y generosidad, y al equipo del Teatre Romea, por su amabilidad y complicidad.

2 Otoños, 3 Inviernos, de Sébastien Betbeder

2-automnes-3-hivers-affiche-12308ARMAN Y AMÉLIE SE (DES) ENAMORAN EN PARÍS

Todas las películas que amamos tienen algún momento maravilloso, un instante fugaz que nos enamora, y con el tiempo evocaremos cada vez que las recordemos. Esta película contiene uno de esos momentos, cuando Arman herido en la ambulancia mira a Amélie, y exclama, mientras la cámara encuadra el rostro de la bella joven: «Amélie guapísima en contrapicado».  Después de media docena de cortos y mediometrajes, el realizador, treintañero y francés, Sébastien Betbeder debuta en el largo, con una obra que habla de sí mismo, de sus amigos, de sus amores, y de las cosas que le gustan y odia. Nos sitúa en París, en el otoño de 2009 y nos conducirá hasta el invierno de 2012, deteniéndose en los meses fríos y grises de la existencia de cuatro treintañeros que se encuentran, se pierden, se enamoran, recuerdan, se caen y se levantan… La acción arranca con Arman, 33 años, que quiere cambiar de vida, empezando por el trabajo, luego salir a correr los findes por el parque. En una de esas salidas tropieza con Amélie. Hasta que una noche, de casualidad, se la vuelve a encontrar y acabarán saliendo, enamorándose y viviendo juntos. Entre esas, Arman tiene un amigo de la época que estudiaban Bellas Artes en Burdeos, que se llama Benjamin, que una noche sufre un ataque cerebral y mientras se recupera en el hospital, conoce a Katia, una joven logopeda y comienzan a salir. Arman y Amélie se enfrentan a su amor, a la convivencia, a los embates de la vida y a los problemas y conflictos que surgen en cualquier relación de pareja. Betbeder nos conduce hacía el territorio de la comedia romántica, un tono agridulce, hay momentos para todo, para reír, para llorar, para hablarnos de las vidas desorientadas y despreocupadas de estos treintañeros, para tocar el tema de la enfermedad y la muerte. Betbeder nos cuenta su película a través de dos partes, divididas en 40 capítulos, y utilizando varios formatos de imagen, que van desde el DV, el 16mm o el digital 5K, incluso la animación, diferentes texturas y formas que alimentan esa vocación vital que vertebra toda la cinta. Su dispositivo formal también llama la atención, introduciendo monólogos de los actores que mirando a cámara, nos van contando y analizando las secuencias que vamos viendo en ese momento en pantalla. La cinta está llena de múltiples citas y referencias cinéfilas: un cartel de Cuatro noches de un soñador, de Bresson, en casa de Arman; extractos de la película Le monde vivant, de Eugène Green; el análisis de Hazme reír (Funny people), de Judd Apatow; otro extracto del diálogo en el automóvil de los personajes de La salamandra, de Alain Tanner… También hay citas literarias, una irónica visión de las series estadounidenses, que acaban siendo devoradas las noches tristes y de insomnio, o citas musicales como Joy Division… Un nutrido y magnífico plantel de intérpretes acompaña a Betbeder en su aventura, con la brillante presencia de Vicent Macaigne –visto en la reciente La chica del 14 de julio, o Un verano ardiente, Philippe Garrel-. Una película que nos evoca a la Nouvelle Vague, pero no de una manera nostálgica, sino desde una perspectiva del recuerdo deudor, de una manera de hacer cine libre que hable de las personas que lo están haciendo. También nos remite a Resnais, en su entramado formalista, y a Rohmer, en su discurso argumental,  o a otros directores contemporáneos como el universo de Wes Anderson, Noah Baumbach, Jonás Trueba… Compartir una película con un amigo, un paseo nocturno en bici mientras suena una melodía maravillosa –preciosa la bso de Bertrand Betsch-, un encuentro inesperado con una antigua compañera de universidad, un fin de semana en un refugio en la nieve, o volviendo a casa en el último metro… Momentos e instantes de esta película íntima, sencilla y cinéfila que nos lleva a muchos rincones del alma humana y a los (des) encuentros de un grupo de personas que van y vienen por una ciudad llena de rincones oscuros y soleados.

Mis hijos, de Eran Riklis

557338LA PIEL DEL OTRO

El director Eran Riklis, israelí de nacimiento, con una trayectoria amplia que abarca más de tres décadas, convenció a crítica y público con Los limoneros (2008), donde contaba de forma audaz, brillante y sincera, el conflicto palestino-israelí a través de un campo de limoneros, propiedad de una viuda palestina, que se convertía en la causa de litigio con el Ministro de Defensa de Israel.  En su nueva aventura, basada en dos novelas semibiográficas del escritor palestino Sayed Kashua, vuelve a centrarse en los problemas y dificultades de convivencia de la comunidad árabe en Israel, que son 1’6 millones de personas que representan el 20% de la población. Si en aquella, el conflicto nacía a raíz de un problema banal, ahora Riklis ha explorado un tema más profundo y difícil. La acción arranca en 1982, y se prolonga durante una década, en el contexto del estadillo de la primera Intifada cuando el gobierno de Israel lanzó una ofensiva contra el Líbano. Nos encontramos en Tira (Israel), en un barrio árabe, donde una familia joven, compuesta por el padre, – que arrastra un pasado oscuro, ya que estuvo preso acusado de terrorista, hechos que le obligaron a dejar sus estudios-, que se dedica a recoger fruta, junto a la madre y la abuela, y los tres hijos, entre ellos, Eyad. Las buenas calificaciones del niño le permiten conseguir una beca para estudiar en el instituto israelí más prestigioso de la ciudad. Allí, empezará su verdadero conocimiento interior y personal, deberá enfrentarse a los insultos y menosprecio de sus compañeros, la complejidad de expresarse como uno mismo, la soledad que siente al estar alejado de su familia y su abuela, con la que mantiene un vínculo muy especial. Las dudas y miedos a los que se enfrentan Eyad y su novia israelí, Noemi, que ocultan su relación a los demás. El joven estudiante encontrará refugio en casa de un chico de su edad, Jonatan, que padece una enfermedad degenerativa, y al que acompaña como voluntario. Riklis imprime a esta fábula política y social un arranque costumbrista muy próximo al tono de comedia italiana de los 50,  con abundantes secuencias irónicas y  llenas de un humor irreverente y divertido. A medida que avanza la acción, y el protagonista se ve inmerso en el trasfondo negro y oculto que se ve obligado a llevar por ser diferente, la cinta se va envolviendo en un tono más crítico y duro, donde el humor del principio deja paso a unas situaciones más propias del melodrama más punzante y duro. Riklis se aleja de la cuadratura de buenos y malos, su mirada adopta la de observador y testigo de los hechos, sacude al espectador con temas candentes que forman parte de la triste cotidianidad en la que se ven inmersos muchas personas. Individuos que quedan en un limbo extraño, porque han crecido con otra cultura y costumbres diferentes, y ahora se ven en tierra de nadie, donde el otro, en este caso, los israelíes, los tratan como una minoría, que rechaza y expulsa de su casa. La supervivencia en un entorno totalmente hostil, provoca que Eyad se cuestione su verdadera identidad, de quién es en realidad, y las formas y caminos que tendrá que adoptar para sobrevivir en un lugar, que  pertenece por méritos propios, pero que el entorno de la mayoría al que es sometido diariamente, le llevan a plantearse su vida y  los mecanismos que tiene para sobrevivir.

Ex_Machina, de Alex Garland

exmachinaENTRE LA MÁQUINA Y LO HUMANO

En la novela Lágrimas en la lluvia (título que rinde homenaje a Blade Runner) de Rosa Montero, se pinta un futuro deshumanizado en el que conviven humanos y robots en (im) perfecta armonía, donde se aman y odian los unos a los otros. Tendencia similar reúne buena parte de la acción de Ex_Machina, que arranca con el personaje de Caleb, un joven informático que trabaja en una de las empresas de Internet más importantes del mundo,  y acaba de ganar un concurso que consiste en pasar una semana con Nathan, fundador y propietario de la compañía, en su lujosa mansión, perdida y aislada en una reserva natural. Allí, se encontrará inmerso en un mundo automatizado, sofisticado y controlado por fuertes medidas de seguridad, en el que se verá inmerso en un alucinado experimento: conocer y relacionarse con Ava, una “fembot” -cyborg con apariencia femenina-, en el que el joven protagonista tendrá que averiguar su “inteligencia artificial”, si la máquina/robot es capaz de pensar por sí misma. Alex Garland (Londres, 1970), guionista de Danny Boyle en títulos como 28 semanas después (2002) o Sunshine (2007), debuta tras las cámaras con esta fábula que homenajea a Frankenstein fabricando un excelente ejercicio de corte minimalista, en el que hace gala de una atmósfera inquietante y absorbente, en una trama repleta de trampas, máscaras, laberintos y pistas falsas, en un juego macabro e intrigante donde se desconoce a ciencia cierta quién es quién y que papel esta representando. El cineasta británico se basta de sólo tres personajes (el joven tímido y solitario de caza fácil, el gurú inteligente, elitista y con aires de prometeo, y una robot manipuladora y seductora con deseos de libertad) situados en un único escenario, un lugar por el que se mueven entre sombras y mentiras, en una cinta donde se mezcla de forma brillante la ciencia ficción, el terror y el triángulo amoroso. La cinta se aparta de las tribulaciones y pirotécnica de ciertas películas del género, para adentrarse en una trama centrada en la complejidad y los conflictos de la naturaleza humana y las relaciones que se desencadenan entre los distintos personajes, poniendo en tela de juicio las responsabilidades de crear seres y las situaciones que todo ello conlleva. Una obra que recupera el aroma de los clásicos, Metrópolis; 2001, una odisea en el espacio o la citada Blade Runner, y las películas de los años 70 que encumbraron la ciencia-ficción como THX 1138, La amenaza de Andrómeda, Solaris, Naves misteriosas, Almas de metal, El engendro mecánico o Alien… o  más recientes como Moon y Her… Cine del bueno, cine de género, pero cine reflexivo y profundamente filosófico, que ambienta sus guiones en las más avanzas tecnologías para entender el mundo que nos rodea y las cosas que nos ocurren, y forman parte de nuestras vidas.

 

Brasserie Romantic, de Jöel Vanhoebrouck

Brasserie_Romantic-697602053-largeESA COSA LLAMADA AMOR

En su aclamada y deliciosa novela Amor se escribe sin hache, el escritor Enrique Jardiel Poncela se reía a carcajadas de las novelas rosa, del amor y sus absurdos, y lanzaba dardos del tipo: “El amor es como las cajas de cerillas, que desde el primer momento sabemos que se nos tiene que acabar, y se nos acaba cuando menos lo esperamos”. De amor y otras catástrofes o menesteres nos habla el realizador belga Jöel Vanhoebrouck –fogueado en series televisivas- en su puesta de largo, -filmada en Bélgica y hablada en alemán, que nos llega con tres años de retraso-, y no sólo de amor, sino también de comida, porque su película se sitúa en las cuatro paredes del restaurante la Brasserie Romantic durante la noche de San Valentín. En ese lugar acogedor donde sirven buena comida, se cruzan una serie de personajes variopintos de diferentes edades y condición social que andan perdidos y quién no, en cuestiones sentimentales. Pascaline –admirable la composición de la actriz Sara De Roo- es una mujer de cuarenta y largos sin suerte en esto de amar, que regenta el local junto a Angelo, su hermano separado y padre de una adolescente, y chef del negocio. También, tenemos a un camarero tardón que intentará consolar y de paso agradar a una joven clienta con tendencias suicidas incapaz de olvidar a su ex, el tímido ayudante del chef enamorado de la espabilada ayudante de cocina, un matrimonio de comensales que bordea los 50, ella, se siente perdida y sola, él consumido por los éxitos profesionales, trata como un mueble a su esposa, dos tortolitos dando sus primeros pasos en esto de quererse, ignorantes ellos de los males que les aguardan, un joven acomplejado, fantasioso y nervioso que se ha citado con una mujer que ha conocido por internet, y finalmente, para acabar de encajar este heterogéneo puzzle, aparece un antiguo amor de Pascaline, con la firme intención de llevársela consigo al otro lado del charco. Con estos ingredientes, a fuego lento se va cociendo esta agradable comedia romántica que funciona a las mil maravillas, que nos susurra y nos vocea poniendo sobre la mesa las diferentes cuestiones que tienen que ver con el amor o con los sentimientos o con esas explosiones de locura transitoria que experimentamos y que llamamos amor. La cinta se desarrolla en dos ambientes, la cocina y el comedor, la cámara viaje mesa por mesa, entra y sale de la cocina, se detiene en los personajes que se cruzan, se mezclan sin saber muy bien en qué lugar se encuentran y porque. Dividida en cuatro capítulos que son los diferentes platos que componen el menú exquisito y de qualité que han preparado para esa noche. Empezamos por los fantásticos entrantes, luego pasamos al primer plato, ostras al gratín con espinacas en salsa de champán, delicioso, el segundo, pichón estofado con endivias, col lombarda y champiñones ostra, servido en salsa de oporto, para chuparse los dedos, y para acabar, el delicioso postre: frivole framboos –dúo de helado de frambuesa y crème brulée de frambuesa, cubierto de crème fraîche, frambuesas frescas y chocolate belga, ideal para comensales con paladares exquisitos… sin olvidarnos de un buen vino tinto como excelente acompañamiento. Excelente servicio y agradable compañía o no, en una velada para sacarle jugo a las relaciones humanas donde hay de todo, sentido del humor, algo de mala uva y también, mucho de alegrías, tristezas, gritos, peleas, enfados y sobre todo, la dificultad de amar y ser amado, o no, o como nos mencionaba nuestro amado Jardiel Poncela: “El amor es un punto de acuerdo entre un hombre y una mujer que están en desacuerdo en todo lo demás”. Una cosa antes de despedirme… Bon appétit!!!!

La señorita Julia, de Liv Ullmann

109408 En una noche de verano…

El nombre de Liv Ullmann (Tokio, 1938) siempre estará ligado al de Ingmar Bergman. Desde que el gran cineasta sueco la adoptase profesionalmente en Persona (1965), la moldeó y la transformó en una de las grandes actrices de la segunda mitad del siglo pasado, convirtiéndola en su musa en más de una decena de títulos, tanto en cine como en teatro. Animada por Bergman, Ullmann decidió debutar en la dirección con Sofie (1992), a la que siguió Kristin Lavransdatter (1995), dos retratos de mujer basados en novelas de gran relieve. Sus siguientes películas, Encuentros privados (1996) e Infiel (2000), ambas escritas por Bergman, y con algunos actores y técnicos de la filmografía del realizador sueco, fueron dos duros dramas, magníficamente filmados, situados en la infidelidad y las relaciones humanas. Para La señorita Julia, su quinta película como directora, Ullman ha fusionado sus dos grandes pasiones, teatro y cine. Basada en la obra de August Strindberg, la narración está ambientada en las paredes de una mansión en mitad del campo irlandés, – desarrollada casi toda en la cocina- la noche de San Juan de 1890, la original se situaba en la Suecia rural. En ese escenario, gélido y triste, de alcobas y pasillos de poca luz, se desarrolla una historia que habla de amor, pasión, deseo sexual, sentimientos, poder, clases sociales y las complejas y mutantes relaciones humanas, con la compañía de Schubert y su Andante con moto. La señorita Julia, -magníficamente interpretada por Jessica Chastain, quizás la mejor actriz de su generación-  la hija del barón, se siente aburrida y quiere bailar con los criados, se tropezará con John, -estupendo Colin Farrell, sumiso y malvado, a partes iguales- un joven criado, muy apuesto al que intentará seducir a toda costa, el vértice de este triángulo lo compone Kathleen, -Samantha Morton, impresionante su mirada y sutiles gestos- la criada y novia de Johh. Ullman, al igual que hacía en sus anteriores obras, filma de modo sobrio y realista, sus personajes, desorientados y confusos, se mueven a través de una coreografía que los encierra y asfixia en un decorado casi interior, exceptuando el arranque del filme y alguna estancia de la imponente casa. Una trama donde prevalece el actor y la palabra, unos diálogos afilados que, en ocasiones son destructivos y en otras, delicados. La planificación de Ullman es clásica y detallada, sus planos pesan, tienen una carga de emoción y tragedia. La directora noruega tiene mucho oficio, sabe a conciencia lo que tiene entre manos y no defrauda en absoluto. Su mirada es sincera y honesta, teje su madeja narrativa de forma clara y concisa. Su cine no enjuicia, se mantiene al margen, nos cede a los espectadores el testigo de reflexionar y comprender o no a sus criaturas. Unos personajes que cambian su rol durante la acción, a veces son lobos y en otras, corderos, o las dos cosas a la vez. Ullman se sirve de sólo tres personajes, principalmente dos, y un tercero que actúa como testigo en este drama que navega por los misterios y las profundidades del alma humana.

Rastres de Sàndal, de Maria Ripoll

rastros-de-sandalo_CARTELViaje sobre los orígenes

Érase una vez en la Índia en el que dos hermanas huérfanas fueron separadas siendo niñas. Con el tiempo, una de ellas, Mina, se ha convertido en una actriz famosa y sigue buscando a su hermana pequeña, Sita. A través de una anciana monja, Mina descubre que vive en Barcelona y su nombre es Paula. Basada en la novela de Asha Miró y Anna Soler-Pont, ésta última guionista y productora, Rastres de sàndal es una película que nos propone un viaje de catarsis emocional, donde dos mujeres conocerán de donde vienen, y sobre todo, una de ellas, tendrá que enfrentarse a sí misma y a todo lo que le rodea para comprenderse y comprender quién es. Un cuento de hadas moderno donde las protagonistas deberán pasar duras pruebas para aceptarse. Una cinta que cuestiona las identidades, las diferentes culturas, la recuperación de las raíces y la idea que las cosas aparentemente ajenas, nos unen más que nos separan. Un relato hermoso contado con extrema sencillez, apoyado en dos puntos de vista, Mina, la que busca a su hermana pequeña, y Paula, la hermana que descubrirá atónita de donde procede y quién es en realidad, un viaje de gran calado emocional, un guión que sabe manejar las situaciones y tomarse el tiempo necesario para que la complejidad dramática se apodere de la cinta y vaya in crescendo, poco a poco, sin prisas, con un gran ritmo, dotando a la película de una mirada personal y sincera que atrapa al espectador desde la intimidad, cogiéndonos de la mano y guiándonos por esta aventura sobre el amor, la esperanza, los seres queridos y los momentos que nos hacen ser quiénes somos y de dónde venimos. Dos actrices en estado de gracia, Nandita Nas, que encarna a Mina, un ser fuerte y tenaz que hará lo posible y más para encontrar a su hermana Sita. Y enfrente Aina Clotet, pura emoción de soberbia contención que recupera esos personajes torturados emocionalmente, como los que interpretó en Elisa K (2010) o 53 días de invierno  (2006), una bióloga que busca en su laboratorio los orígenes para curar enfermedades, con una vida acomodada en Barcelona, abocada a su trabajo y que carece de vida personal y emocional, tendrá que superar sus contradicciones y complejos para conocerse a sí misma, sabiendo que es otra, y así perdonarse para perdonar a los demás. Una cinta dirigida por Maria Ripoll y protagonizada por mujeres donde su equipo artístico y técnico pertenece al género femenino en su mayoría, hablada en inglés, catalán e hindi, que hace gala de una luz exquisita que filma de forma delicada e intensa los diferentes lugares, desde las urbes de Mumbai y Barcelona, hasta los rincones más escondidos de las dos ciudades huyendo de la postal y la imagen bonita, elementos que la convierten en una fábula bien narrada donde brillan con luz propia su honestidad, sinceridad y emotividad.

Nunca es demasiado tarde, de Uberto Pasolini

109115Rastreando la memoria

John May tiene unos cuarenta años y es un humilde empleado del Servicio Público del Ayuntamiento, su trabajo consiste en localizar a los familiares de los difuntos. Su principal virtud es la meticulosidad, la pulcritud, el orden, la obsesión y el tacto con el que lleva los casos en los que se ocupa. Su vida profesional ocupa todo su tiempo, vive sólo en Londres en un pequeño piso. Su vida dará un giro brutal, cuando debido a los recortes, lo despiden después de 22 años dedicados a ese oficio, aunque antes de marcharse, el Sr. May pedirá acabar con su último caso: Billy Stoke. Uberto Pasolini, romano del 57 y descendiente de Visconti, afronta su segunda película (Machan -2008-, no estrenada comercialmente en España, se centraba en la inmigración ilegal a través de unos hombres de Sri Lanka, que pretenden entrar en Alemania con la excusa de un torneo de balonmano), utilizando una forma calculada, sencilla y muy honesta, fabricada a través de los detalles más íntimos, aprovechando cada rincón para expresar de modo natural y directo las situaciones que se van contando. Su relato podría, a priori, resultar molesto por el tema que trata, pero Pasolini, que fue productor de la exitosa The Full Monty (1997), nos acerca de manera delicada, como susurrada al oído, una historia de un alma solitaria que no trabaja en cuerpo y alma, para que sus “difuntos”, estén acompañadas en su último adiós. Aunque su estilización pudiera haber derivado en una película demasiado fría y alejada, el resultado es todo lo contrario, es una hermosísima cinta que bucea de forma admirable en las emociones, en el despertar de los sentidos, y en todo aquello que nos conmueve y emociona. La elección de Eddie Marshan para el papel principal, también es otro de los apuntes a destacar, su interpretación es soberbia y realista, de cum laude, un intérprete británico visto en registros muy variados donde ha demostrado gran versitalidad, series tv, producciones de entretenimiento y en títulos de autor muy interesantes y brillantes como los trabajos para Mike Leigh, Paddy Considine en Redención (20011) o incluso Spielberg en su War Horse (2011). John May un personaje que podría ser un cruce entre Buster Keaton y el Monsieur Hulot de Jacques Tati y su Playtime  (1967). Una obra maravillosa, galardonada con 4 premios en Festival de Venecia del pasado año, un cuento de ahora y de siempre, que atrapa desde el primer instante, y además contiene una lúcida y hermosa reflexión sobre muchos temas: la memoria,  los recuerdos, la soledad, la amistad, la familia y el amor, y sobre esos seres que transitaron por nuestras vidas un tiempo y por circunstancias se alejaron, quizás para siempre o quizás no…

Grand Central, de Rebecca Zlotowski

20534616_20130702111026946Explotados y enamorados

El segundo trabajo de Rebecca Zlotowski (París, 1980), es un drama social íntimo, donde se aborda de manera realista y directa, la explotación laboral a la que son sometidos unos empleados que trabajan en la zona no controlada de una central térmica. La historia arranca con Gary, -interpretado por Tahar Rahim, que algunos espectadores lo recordarán por su personaje en Un profeta (2009)- un joven de pasado oscuro, que subsiste a través de trabajos temporales, encuentra un empleo de alto riego radiactivo, ya que supone trabajar en las entrañas del reactor principal de la central, la zona más peligrosa. Su vida gira entre ese trabajo arriesgado y durísimo, donde los accidentes son el pan de cada día, y sus nuevos compañeros, -estupendos secundarios con Olivier Gourmet, habitual de los Dardenne, y Denis Ménochet- que como él,  se alojan en un poblado de caravanas cerca de la central. Todo estalla, cuando a raíz de un accidente laboral, (como sucedía en Silkwood, filmada en 1983, de Mike Nichols, ambientada también en una central nuclear) Gary, por miedo que lo despidan, miente cuando es sometido a sus niveles de radiación, además comienza una relación sentimental clandestina con Karole, la prometida de uno de sus compañeros. Zlotowski, vuelve a los personajes y ambientes que caracterizaban su opera prima, Belle épine (2010), protagonizaba por Léa Seydoux, que repite en esta, se centraba en la existencia de Prudence Friedman, una joven de 17 años que andaba sola y a la deriva y que encontraba consuelo y amistad en Marilyne, una chica inadaptada que la introduce en las carreras ilegales y peligrosas de Rungis. Zlotowski maneja con sinceridad y honestidad todos los elementos, aportando el equilibrio necesario para una historia que se mueve entre dos mundos. Por un lado, los interiores, la central térmica, filmada a través de planos cortos y muy cercanos, donde la cámara se mueve como pez en el agua entre la marabunta de hombres. La descripción milimétrica que la realizadora parisina hace del lugar de trabajo es extraordinaria, nos sumerge en la tensión y el nerviosismo a los que están sometidos estos empleados que trabajan con unas medidas de seguridad muy frágiles, que los exponen diariamente al peligro de la radiación, y el posterior despido. La cineasta, en cambio, en los exteriores, insufla de vida y amor a su cinta, -muy cercano al tratamiento del maestro Renoir- las comidas en grupo, los baños en el río, y sobre todo, los encuentros sexuales de los jóvenes, apartados y ocultos entre la maleza y los árboles del bosque,  -hermosa la travesía nocturna en barca-,  respiran vida y se contagia la carnalidad y el erotismo que desprenden. Una provocativa y sexual Léa Seydoux, maravillosa en su personaje, que pasaría por una digna heredera de la Susan George de Perros de Paja (1971). Una relación que se mueve a hurtadillas y entre sombras, que actúa de forma magistral como eficaz metáfora de la existencia de estos desplazados que sobreviven en un trabajo explotado y peligroso, y que respiran un aire contaminado que les deja sin aliento y los aparta de los pocos resquicios de luz que puedan encontrar en sus vidas.

Pauline en la playa, de Eric Rohmer

1983 Pauline a la plage - Pauline en la playa (fra) 01Qui trop parle, il se mesfait

(Quién habla mucho, se equivoca)

La frase pronunciada en Perceval, de Chrétien de Troyes, vuelve a servirle a Eric Rohmer, que ya adaptó a este poeta del siglo XII en su Perceval le Gallois, en 1978, vuelve, cinco años después, a utilizarlo, en francés arcaico, para encabezar su relato Pauline à la plage (1983), tercera incursión del maestro de las relaciones amorosas y la ligereza humana, en sus Comedias y proverbios. Aquí no se tratan situaciones morales, como en sus memorables cuentos que tanto éxito proporcionaron al genio francés Rohmer en los años setenta, aquí nos propone situaciones psicológicas, nos adentra en una serie de personajes que pasan unos días, los últimos, en las playas de Normandía, donde conoceremos a Pauline, una adolescente de 15 años, a cargo de su prima Marion (Personaje surgido en los años 50 inspirado en Briggite Bardot), mayor que ella, de exultante belleza y atractivo, diseñadora de moda, que se reencuentra con su viejo amigo Pierre, un joven atractivo, profesor de windsurf, que se siente profundamente enamorado de Marion. Sin embargo, ésta se siente muy atraída por Henri, maduro atractivo, etnólogo de profesión y aventurero de oficio. En este juego amoroso, también intervendrán el adolescente Sylvain, del que se enamora Pauline y, por último, Louissette, una vendedora ambulante por la Henri se siente atraído. Una vez planteados los sentimientos de los personajes, Rohmer, lanza unos a los otros para que estalle, emocionalmente hablando, claro está. Marion cae en los brazos de Henri, y Pierre, como es habitual, estalla en celos, por lo que Marion le invita a seducir a Pauline, pero a Pierre no le atrae su juventud. Por otro lado Pauline se enamora de Sylvain, al que considera más transparente y sincero, pero aquí no cesan los amoríos. Henri seduce a la vendedora, y casualmente Pierre los descubre, pero ante la llegada de Marion, Henri le hace creer que la vendedora y Sylvain se han liado. Marion, al estar enamorada, lo cree, ante los vanos intentos de Pierre de hacerle creer que Henri no es de fiar. En cambio, Pauline se mantiene firme y le cuesta creer que Sylvain sea así. La mentira y las dobles intenciones se han desatado y arrastran a todos los personajes. Rohmer no tiene piedad por ninguna de sus criaturas, si exceptuamos a Pauline, que aquí actúa como testigo mudo de un relato vertebrado a través de la mentira, la desorientación y, sobre todo, de la inmadurez de unos adultos cuyos años no los han llevado a comportarse como tales, como lo señala el crítico J. M. López Llaví: Un agudo episodio en clave de comedia, hecho de anécdotas y de emociones interesantes y corrientes, a vueltas desproporcionadas, en torno al mundo de los sentimientos, que dejan al descubierto, el desconcierto, la soledad y la inmadurez y la falta de puntos de referencia en que se mueven la mujer y el hombre actuales en su relación actual, en una generación i en unos estamentos que han rechazado los moldes morales heredados y el si de una civilización en crisis. Aquí Rohmer, cuyo relato bien podríamos definir como una fábula de los sentimientos, es infiel por primera vez a su quehacer cinematográfico: si bien hasta ahora sus historias se estructuraban a través de un único punto de visto a través del cual seguíamos el relato de un solo narrador, aquí encontramos a un personaje que mira, nuestra querida Pauline. El maestro francés cambia de registro y nos muestra su obra con diferentes puntos de vista, según el personaje que vive la situación o la cuenta. A partir de esta película cambiará esta regla en su cine. Harry Moseby, el detective interpretado por Gene Hackman, protagonista de la excelente La noche se mueve (1975), de Arthur Penn, confiesa no gustarse el cine de Eric Rohmer porque en él “se ven crecer las plantas”. Esta confesión un tanto burlona y caricaturesca, encierra en el fondo un sentido homenaje a ese cine fabricado en el viejo continente que tanto han admirado los cineastas los cineastas como Penn, que hicieron de su cine valiente, arriesgado y alejado de lo establecido, su marca registrada. Rohmer podría asemejarse a esta manera de hacer cine, una contemplación de la vida, de los seres que la habitan y de las relaciones que mantienen los unos con los otros. El crítico Ruíz de Villalobos lo define de la siguiente manera: En el cine de Rohmer lo más asombroso, lo que apasiona más, es la facilidad que tiene para hacernos llegar, a través de la imagen fílmica, esas pequeñas cosas de la vida cotidiana, esos diálogos tan escuchados, esas situaciones tan habituales que él rodea de una aureola mágica, verdaderamente espectacular, aunque su cine, aparentemente, no sea nada espectacular. Pauline à la plage encierra un relato articulado a través de los diálogos que van manteniendo todos los personajes. La palabra es característica fundamental en el cine de Rohmer: qué sería de su cine sin el apoyo incondicional de esta herramienta que tenemos los seres humanos para relacionarnos, o como ocurre en la película, para confundirnos, desorientarnos, no ser sinceros con nosotros mismos ni con los demás, para manifestar todo lo contrario de lo que pensamos, para dar por hechos sentimientos que no tenemos, etc… Rohmer enfrenta a sus criaturas y las hace mentir, ser cómplices de la palabra y, sobre todo, dejarse llevar por los demás y dejar de ser uno mismo. El cineasta nos viene a decir algo así como que deberíamos hablar mucho menos y ser más sinceros con nosotros mismos, y así lo seremos con los demás, o quizás, en el fondo, la materia de la que estamos hecho los humanos no da para más y es éste nuestro destino. Rohmer baña a sus personajes con una luz limpia, luminosa y clara, sacada directamente de los cuadros de Matisse. Una luz blanca, poderosa, atravesada por colores planos como los del cuadro La blouse roumaine que está colgado en casa de Henri. Una fotografía para la que contó con la inestimable ayuda del genio de Néstor Almendros –barcelonés de nacimiento, pero que desarrolló casi toda su carrera en el país vecino trabajando con Truffaut y el propio Rohmer, entre otros- que dotó a la imagen de una gran sencillez, de una gran pureza ausente de grandes contrastes y sombras marcadas. Una luz y una película realizada con muy pocos medios, rodada en su totalidad con una sola toma y con un reducidísimo equipo en el que incluso los actores ayudaban en los decorados o el vestuario. Su excelente trabajo como director se vio recompensado con el premio a la mejor dirección en el Festival de Berlín de 1983. No quisiera olvidarme del excelente reparto en el que todos los actores interpretan sus roles con naturalidad y con unos diálogos y movimientos que los hacen pertenecer a ese mundo tan maravilloso que durante más de cincuenta años fue creando Rohmer a través de sus relatos románticos en los que nada es lo que parece y, por supuesto, todo lo que parece resulta extraído de una realidad maravillosamente cotidiana, por el propio Rohmer, un consumado observador de la vida y un retratista de los paisajes emocionales y naturales. Ya que el cine de Rohmer nace en gran parte de la literatura clásica, quisiera despedirme con una cita de Blaise Pascal: … no tenemos más remedio que admitir que si el corazón tiene sus razones que la razón desconoce, es que ésta es menos razonable que nuestro corazón. Les dejo con la película Pauline à la plage, un retrato agridulce e irónico sobre las relaciones amorosas en el que Rohmer nos llevará de la mano a las playas de Normandía a conocer a unos personajes que aunque parezcan algo patéticos podrían ser alguno de nosotros, o el compañero de butaca que tenemos al lado. Y todo ello baja la atenta mirada de una adolescente de 15 años que nos mira y escucha.